[...]Los humanos ya lo habían planificado todo, y en todo ese tiempo la no-muerta abrió la boca una única vez para decir que era una sacerdotisa de las sombras. Sintió alivio al ver que ninguno de ellos se había percatado de su voz rota, y que ninguno le pidió en ningún momento que se quitara la capucha.
Emprendieron un largo viaje a Rasganorte, para darle muerte al Rey Exánime. Jäilbreak sabía que lo más probable es que no saliera bien de ahí si decía que en vez de matarlo a él, sería mejor destruir la espada, así que decidió mirar al suelo y callarse, de nuevo, una vez más.
Cuando el frío entró entre sus huesos y su carne podrida, se dio cuenta de que no estaban solos, si no que La Horda también venía a ayudar. Esto era histórico; La Horda y La Alianza luchando juntos por una misma causa y por un mismo fin. Asombroso.
Llegaron a su destino, a la Puerta de la Ira. Esa puerta que tenía la misma forma del yelmo del Rey; picuda, llegando al cielo y por tanto de estilo gótico. Aquella puerta que daba lugar al gélido y altísimo trono del Rey Exánime era enorme, oscura e intimidante, pero con un toque de elegancia malvada precioso. Jäilbreak se preguntó en el momento en el que vio a la Puerta de la Ira por qué todo lo malo y malvado de Azeroth tenía que ser tan espectacular; la Agonía de Escarcha, su color, la armadura de Arthas, Arthas... No lo entendía.
Jäilbreak se llevó al lobo con ella, y si en algún momento el animal corría más peligro de lo normal, huirían de la batalla.
Rápidamente se adentraron en la Puerta, y la suerte estaba echada. Nada más entrar, Jäilbreak le puso un escudo mágico a su compañero pese a que aun no hubiera peligro aparente.
Sabía que Arthas iba a morir, pues todos los malos corrían la misma suerte. Pero el afecto que el Rey Exánime mostró con el lobo le hizo ver a Jäilbreak que...
Dejó de pensar cuando todos comenzaron a pelear contra un orco no-muerto. Agarró al lobo y se fue para atrás y le puso otro escudo al lobo.
Algunos miembros de La Horda lloraban sin poder evitarlo, y la sacerdotisa supo rápidamente qué pasó con aquel orco sin voluntad.
Lanzaba curas a lo loco, para que los que luchaban de verdad pesaran que estaba haciendo algo.
De repente, se oyó un ''¡matadlo!'' pronunciado con rabia e impotencia por una voz grave proveniente de un orco. Pues seguro que el podre padre de aquel joven orco les habría pedido por favor a La Horda que mataran a su hijo para que su alma fuera digna, y pudiera descansar en paz. Así que le torturó la mente, y luego continuó con sus curas.
Ella misma sabía que su actividad en aquella batalla era absurda; hacer daño y curar. Debería ser una cosa o la otra, pero como a Jäilbreak no le interesaba lo más mínimo matar a Arthas, sino a su malévola espada, le daba igual realizar dos actividades a la vez totalmente diferentes entre sí.
El joven orco calló, y La Horda se paró en seco con lágrimas en los ojos, pero sabiendo que su amigo y compañero al fin estaba en el lugar que le correspondía.
Se encontraron con más oponentes antes de llegar al Rey Exánime, como por ejemplo, la dragona Sindragosa, la que fue consorte del Aspecto de dragón Malygos del vuelvo azul.
No-muerta, huesuda, corrupta, enorme y aun así poderosa. Fue una oponente complicada.
Jäilbrek no dejó de ponerle escudos al lobo, y ascendieron por la helada cuesta hasta llegar a él, sentado en su trono y esperándoles.
Llegaron a su destino, a la Puerta de la Ira. Esa puerta que tenía la misma forma del yelmo del Rey; picuda, llegando al cielo y por tanto de estilo gótico. Aquella puerta que daba lugar al gélido y altísimo trono del Rey Exánime era enorme, oscura e intimidante, pero con un toque de elegancia malvada precioso. Jäilbreak se preguntó en el momento en el que vio a la Puerta de la Ira por qué todo lo malo y malvado de Azeroth tenía que ser tan espectacular; la Agonía de Escarcha, su color, la armadura de Arthas, Arthas... No lo entendía.
Jäilbreak se llevó al lobo con ella, y si en algún momento el animal corría más peligro de lo normal, huirían de la batalla.
Rápidamente se adentraron en la Puerta, y la suerte estaba echada. Nada más entrar, Jäilbreak le puso un escudo mágico a su compañero pese a que aun no hubiera peligro aparente.
Sabía que Arthas iba a morir, pues todos los malos corrían la misma suerte. Pero el afecto que el Rey Exánime mostró con el lobo le hizo ver a Jäilbreak que...
Dejó de pensar cuando todos comenzaron a pelear contra un orco no-muerto. Agarró al lobo y se fue para atrás y le puso otro escudo al lobo.
Algunos miembros de La Horda lloraban sin poder evitarlo, y la sacerdotisa supo rápidamente qué pasó con aquel orco sin voluntad.
Lanzaba curas a lo loco, para que los que luchaban de verdad pesaran que estaba haciendo algo.
De repente, se oyó un ''¡matadlo!'' pronunciado con rabia e impotencia por una voz grave proveniente de un orco. Pues seguro que el podre padre de aquel joven orco les habría pedido por favor a La Horda que mataran a su hijo para que su alma fuera digna, y pudiera descansar en paz. Así que le torturó la mente, y luego continuó con sus curas.
Ella misma sabía que su actividad en aquella batalla era absurda; hacer daño y curar. Debería ser una cosa o la otra, pero como a Jäilbreak no le interesaba lo más mínimo matar a Arthas, sino a su malévola espada, le daba igual realizar dos actividades a la vez totalmente diferentes entre sí.
El joven orco calló, y La Horda se paró en seco con lágrimas en los ojos, pero sabiendo que su amigo y compañero al fin estaba en el lugar que le correspondía.
Se encontraron con más oponentes antes de llegar al Rey Exánime, como por ejemplo, la dragona Sindragosa, la que fue consorte del Aspecto de dragón Malygos del vuelvo azul.
No-muerta, huesuda, corrupta, enorme y aun así poderosa. Fue una oponente complicada.
Jäilbrek no dejó de ponerle escudos al lobo, y ascendieron por la helada cuesta hasta llegar a él, sentado en su trono y esperándoles.
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