Él, que se sentó en un banco con ciertas lápidas a su alrededor, jamás sería conocedor en un momento anterior de lo que ocurriría.
Cogió su libro. De palabras lo más seguro que coherentes unas con otras, y comenzó a leer tranquilo.
Pero, de pronto, al leer lo más probable la primera palabra de aquel texto, su cabeza explotó o desapareció, y de allí comenzaron a salir pájaros negros que volaban sin miedo, hacia el cielo unos, con velocidad otros, y sin rumbo otros cuantos.
La Luna miraba. Con ojos grandes, pero sin sorpresa alguna. Pues, otras atrocidades más graves había visto a los largos de sus milenios. Como por ejemplo, leyendas sobre ella absolutamente ridículas, o mitológicas. Las que hacían que riese algunas ocasiones, o que sonrojara escasas veces.
Y, cosas más alucinantes había tenido que presenciar. Como saqueos por culpa de la codicia humana, muertes de inocentes, o simplemente, el día a día. Qué catastrófico y terrorífico es; el fin del planeta.
La Luna presenció el tumor cancerígeno que su amiga la Tierra tuvo que sufrir y padecer a causa de descuidos ajenos. La naturaleza lloraba por ella. Por lo que dejaba de llover... el Sol sentía indiferencia y rencor, por lo que brillaba con todas sus fuerzas, provocando llamas ignorantes que destruían la naturaleza. Por lo que esta estaba triste, y hacía que dejara de llover aun más. Y la Luna, ahí se encuentra. De una forma cada día. Nada nuevo.
Pero, no todo sería tan malo. Quizás a la Luna le llega a conmover el amor que algunos son capaces de sentir. O las risas de los que habitan debajo de ella. Pero, jamás quedará incrédula. La Luna ha llegado a l punto de no sentir.
Quizás, tampoco sintió nada cuando algunos se posaron sobre ella. O cuando unas máquinas la exploraban y estudiaban. A la Luna le da igual. Es más, una compañía. Algo a lo que mirar, y dejar de lado algunas atrocidades de lo que tiene que presenciar ocasionalmente debajo de ella.
La Luna a lo mejor se enamoró.
Segúramente que se enamoró de alguna estrella. Y lo pasaba bien mirándola cada día. Su sonrisa se dibujaba, y todo era más leve. Pero, cuando esta estalló... sus gritos de dolor eran insonoros en el espacio. Que los de alrededor no oyeran su agonía, no significa que no existiese. Y sus lágrimas se fueron desintegrando en el camino a la tierra desde tantos metros de altura... las nubes eran su único pañuelo, eran su único consuelo y el mejor lugar donde llorar. Pobre Luna... tan ingenua...
Pero, a lo mejor también se enamoró de un reflejo. De un reflejo de alguna estrella. Y también tanto dolor... aquella preciosa estrella había muerto desde hacía muchos años luz. Entonces, la Luna advirtió que había de ir acostumbrándose. Por lo que, decidió no volver a mirar con otros ojos, con otras miradas. Porque, ser inmortal era algo que tenía que pagar muy caro y con un dinero que deseaba su inexistencia: el dolor.
El Sol ya era un viejo amigo. Aun joven y radiante, pero ella podía ver que dentro de poco comenzaría a ser mayor. Sabe que llorará su muerte. Pero ella intentará aprovechar estos millones de años con él. Sabe que será su muerte.
La luna desea leer. Y así aprendió. Grandes historias ha leído, y espera seguir leyendo desde lo más alto. También, escucha música gratuitamente. La Luna adora los conciertos. Pero no todos.
La Luna muchas veces demanda un tratamiento psicológico, pero también sabe que ya nada es capaz de afectarle.


