Respiraba fuerte. Inconfundible en lugares cerrados.
Olvidé cómo utilizar el teléfono. Tanto tiempo de desglobalización y marginación dan para mucho. Pero nunca perdí las ganas. Ni las letras. Que se vinieron con mi cabeza hasta los confines.
Miraba hacia arriba y la luz le molestaba al tiempo que le cegaba. Claro. Humano tenía que ser. De qué se quejaría. Pues no, se empeñó el saberlo.
Ayer me olvidé la chaqueta.
Mañana comienza otro día.
La poesía ha ido evolucionando junto con el lenguaje. Por suerte, su esencia se mantiene.
Pensamientos sueltos vagan por un mar de color indefinible hundiéndose hasta no tocar fondo. Realmente, siempre han estado en la superficie.
Fue el héroe que a todos salvó. Ahora ha desaparecido, pero yo sé que se encuentra entre nosotros.
La pequeña reina de las nieves me pertenece
ella es como yo
la pequeña reina de piel blanca no viene
ella ha querido irse.
La pequeña siempre será mía
mientras forma curvas exponenciales con su boca.
No es como Pármeno, quien irónicamente significa el que permanece. Sigue aquí sin alejarse.
Los escritos herméticos como los de Juan Ramón Giménez se aferran como garrapatas en celo, al alma, al mar multicolor descolorado.
Producen mucho.
Se desnudan, me muestran su sensualidad y su erotismo en forma de belleza insípida apenas visible, los escritos herméticos.
Simples y no comprensibles. Caminan de la mano de la paradoja, quien con sus contradicciones intenta confundirnos. Qué personificada apareces en estas líneas.