Verba volant, scripta manent.

martes, 13 de noviembre de 2012

Jäilbreak parte 3.

[...] Realmente pasó más tiempo del que ella percibió, pues estaba muerta. Se encontraba con un grupo de más como ella, incluso en peor estado. Y algunos no habían tenido la oportunidad ni de ser resucitados, sus cuerpos se encontraban demasiado descompuestos y desgarrados. Esos eran los que más suerte había tenido. Algo más adelante de la sacerdotisa -tampoco mucho-, el caballero cabalgaba encima de su no-muerto caballo. Era al único al que dedicaba sonrisas, acariciaba, y recibía su atención. Ese caballo, que Invencible se llamaba, tenía algo que encandilaba el corazón de Arthas, si es que algo quedaba de él, claro. Y aunque no lo reconociera y el Rey Exánime se lo negara, aún amaba a aquella maga. A lo mejor no era un monstruo realmente como muchos creían.

Jäilbreak y los demás miraban a donde Arthas ordenaba. Habían perdido su voluntad. Andaban al paso que el caballero quería, o más bien al paso que Invencible lo hacía. Nadie protestaba, nadie tenía cuenta de lo que hacía. 

A su paso iban encontrando vida humana. Y todos eran ordenados a atacar, quisieran o no. 

Hasta que llegaron a Dalaran, la ciudad de los magos, donde se encontraban los más poderosos. Arthas comenzó con su discurso, en el que decía que se entregaran y dejaran ser derrotados. Pero salió Antonidas de aquellas mágicas puertas diciendo que se retiraran, ya que no iban a permitir que acabaran con su ciudad. Fue el primero que peor suerte corrió.
Dalaran terminó saqueada y destruida, y toda la magia que se preparó para la llegada del caballero fue en vano, al igual que en Lunargenta, y de nuevo, se incrementó el número de no-muertos.
Los putrefactos títeres atacaron e incluso mataron a cualquiera que vieran a su paso, aunque los hubieran apreciado en vida. Jäilbreak estaba entre ellos.

Una vez terminada la batalla, un alma en pena gritaba creando una honda pena y agonía en el interior de Jäilbreak y los demás. El hacer sufrir a los que amó un día y hacerse sufrir a sí misma, fue el castigo que Arthas le dio a la Forestal, junto con matar en las grandes guerras a los que un día lucharon con ella.

Y tras abandonar la hecha cenizas ciudad de Dalaran, Arthas decidió volver a Lordaeron para acabar con toda humanidad que allí pudiera quedar y reivindicar su trono.
A veces la sacerdotisa descansaba, paraba de caminar. pero solo cuando Arthas estimaba que Invencible lo necesitaba. Aquel huesudo caballo era lo único que al caballero de la muerte le importaban en ese mundo lleno de dolor, peste y muerte que había creado, junto con la poderosa gélida y azul espada de la que calló perdido desde el primer momento en que la vio.

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