El día en que naciste, hasta los bosques susurraron tu nombre, hasta los pájaros supieron quien eras, pues no dejaban de pasear por tu alrededor, hijo mío.
Observé cómo crecías, cómo poco a poco asumías tu tarea de gobernar. Observé con orgullo cómo te convertías en un arma... de rectitud.
Vi cómo aprendiste tu verdadero trabajo, como el desear la protección y el bienestar de tu pueblo afloraba en tu corazón por encima de todo, cómo empeñabas tu misión con orgullo, cómo superabas tu prueba con creces.
Conociste la virtud de amar, hijo mío, conociste la esencia dulce del saber querer y del saber proporcionar felicidad.
Qué pasó.
En vez de dar placer a las almas, las consumiste en la más gélida de las desgracias. En vez de proporcionar perpetuidad a la vida, la derrotaste tan fácil como te fue posible. El poder de la sanación se convirtió en el arma más peligrosa y dañina para invocar la muerte. El ansia de la conquista te hizo alejarte de tu pueblo, de tu cuidad, de tu gente, a la cual consumiste, y llevaste la muerte a los más bellos prados, a las más buenas personas, a la inocencia de las flores que viven en el verde jardín de Azeroth, hijo mío.
Pero has de saber una cosa; un rey, no gobierna para siempre. Tu gran poder se consumirá poco a poco por tu odio creado hacia la vida. Y no podrás detenerlo, rey.
Acabaste con lo que más habías amado, dejaste atrás todo cuanto protegiste. Tu cuidad fue destruida, los que creaste se volvieron contra ti.
El día de la devastación, tu nombre era sinónimo de lo maldito, hijo mío.
Y te digo esto, porque cuando mis días lleguen a su fin, tú serás el rey, Arthas.
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